Este tiempo de vacaciones largas, con sus tardes lluviosas, su calor, con los nietos que de repente pueblan la casa como demonios enjaulados, suele tener sus ratos de descanso misericordioso. Ratos en los que la memoria recupera el fulgor de un pasado en el que fuimos felices sin preguntar por el futuro. En esos momentos, algo dentro de nosotros suele volver a cantar: No terminan, nuestros sueños jamás terminan nuestro amor ha de ser feliz un infinito sin temor de despedida, sin final, eternamente. Mi corazón será siempre tuyo, tú serás mi vida, mi gran amor, tra, ra ra .... Raquel, nuestra prima, venía cada verano a México, más bien dicho a Aguascalientes, o todavía más, venía a la calle San Luis, al barrio de La Purísima, a la casita de mi abuelita Leonor. Cada verano era una fiesta. La calle olía a tierra mojada, Raquel olía a limpieza, a muchacha morena de pelo negro y lacio. Raquel era más que una fiesta, era toda una alegría. Tenía la piel suave, un vellito fino le cubría los br...