fragmento de ciudad

¡Qué ligera olía la tarde en el inmenso patio de tierra! Acababa de llover y la niña dudaba si tejer una pulsera con maravillas de colores o trazar con una piedra la figura de aeroplano de un bebeleche. Al final decidió recoger los pequeños conos y aspirar otra vez el denso olor del eucalipto, combinado con el mínimo aroma de la madera de sus frutos. Eran dos macizos eucaliptos plantados en medio del patio de la vecindad. Ahora sabe que hundirían sus grandes raíces para arraigarse en la tierra, buscando los veneros del agua que venía del manantial de Ojocaliente, pero entonces sólo contemplaba sus gruesas ramas y sus hojas afiladas cayendo desde un cielo azul limpísimo.Nuestras madres usaban esas hojas como cocimiento y varias veces recuerda haber salido de una enfermedad como el sarampión o la viruela - después de días de trágica calentura- con un sabroso baño, aromático, en una tina que su madre metía en medio del cuarto. ¿Era feliz? Había de todo, pero aún puede percibir la dignidad...